miércoles, 16 de enero de 2013

Delirios de un aprendiz de escritor III - Un desafío romántico

Estimados lectores,

¿Saben qué? Me apetece hoy hablarles de usted, que es una fórmula que se ha perdido mucho. Y no es por respeto exactamente. Quisiera distanciarme un poco de ustedes -formalmente- si me lo permiten, sólo por hoy. Quiero contarles un secreto.

Una vez más, he caído en la tradición de hacer propósitos de año nuevo. Ya saben, esas promesas que se hacen a uno mismo y no llegan a durar un mes. Me he reservado el día de hoy -dieciséis, mi número de la mala suerte- para reafirmarme en un proyecto que lleva algunos años en mente y pluma. Se trata de mi primera novela.

No era de extrañar que algún día me viniera a la cabeza esto de escribir algo más reposado, más elaborado. Pues bien, éste no es ni el primer proyecto de novela que he tenido en la cabeza. Verán, años ha, fantaseaba con mis amigos una historia fantástica protagonizada por ciertos héroes que eran en verdad proyecciones de nosotros mismos. La idea provocaba explosiones en mi mente creativa, y un día me puse a escribir un desarrollo de los personajes. Al principio no me lo tomé muy en serio, pero con el tiempo llegó casi a las 300 páginas. Observándola con unos ojos de mayor experiencia, me encontré con una novela a medias que al principio parecía un relato de prosa descuidada y iba mejorando a través del largo tiempo, varios años, en los que estuve escribiendo intermitentemente. Aunque la historia era absorbente y de buena emoción, se notaba mucho que mi arte era muy provisional. Mucho que pulir, pero me sirvió para confirmar que si me lo planteaba, podría ser un escritor. Se forjó lo que podríamos llamar la primera versión de un estilo personal como escritor. Salvador Bas v.0.1. La historia fantástica de héroes, titulada Señor y huérfano, quedó incompleta y encerrada en las profundidades de mi biblioteca privada. Quizá algún día la termine, pero sólo por divertimento y para los amigos que me seguían.

Continúo con mi relato. Como he dicho, escribir Señor y huérfano se quedó ahí, y me dejó con ganas de más. Escribí por aquel tiempo algunos relatos cortos, y algún que otro poema por mera distracción. Era cuestión de tiempo de que otro proyecto saliera en escena. Continué en la línea de la fantasía, pero con un toque más oscuro y misterioso. Esta vez iría de magos... pero a la vez no sería una mera historia de magia, sino algo más. Con moraleja. Y por supesto, el relato se originaría sólo a partir de mi imaginario. Así se gestó La peor enfermedad, hace muy pocos años. Si bien no tenía claro qué rumbo tendría mi vida académica, sí que había empezado a dejar claro que mi vida giraría en torno a libros y literatura. Emupuñé la pluma, las libretas y calenté el horno de mi corazón. Así, poco a poco, a un ritmo más tranquilo, la cosa fue tomando forma. Fui trabajando en ella a la vez que estudiaba durante los dos últimos años, aunque muy esporádicamente, con meses de lapso, pero nunca abandonándola del todo. El año pasado ya me propuse terminarla, aunque las complicaciones de mi vida personal fueron abruptas y no le pude dedicar todo el tiempo que quise. Tampoco a éste blog. Estoy muy contento con lo que hecho, de todos modos.

Hoy quiero ir más allá. Amo a mi La peor enfermedad con todo mi corazón, y considero que 2013 es un buen año para, al menos, publicar una novela. Algo que hiciera honor a todos estos primeros años con Señor y huérfano y también a las últimas decisiones de mi vida, destaco mi primer año en el grado de Filología. Podría habérmelo propuesto para mí mismo, pero es bien sabido que los propósitos de año nuevo rara vez llegan a cumplirse. Así que les confieso: tengo gestando una novela fantástica y psicológica, y este año voy a terminarla para que sea publicada. Sea así un inicio de mi carrera como escritor.

Ahora que ustedes, queridos amigos, ya lo saben, les pido que si les ha gustado todo lo que he dejado en este blog, me ayuden. Presiónenme para que escriba y deje la pereza a un lado. Quiero que 2013 sea un año de creación, una creación que pedirá de mí sacrificios varios para dedicar toda mi voluntad a mi libro. Una de las cosas que quiero dejar un poco en el tintero será, lamentándolo mucho, este querido blog. No digo que esto sea una despedida. Publicaré, aunque con menos frecuencia. Vendrán más capítulos de El castillo blanco y algunos delirios relacionados con el proceso de creación de la novela. Seguiré en contacto con ustedes.

Bien, y ahora no me queda otra excusa que ponerme a trabajar. 

Con amor,

Salvador Bas

martes, 11 de diciembre de 2012

El castillo blanco 4 - Tinieblas

La pobre Katherinne aterrizó sobre una montaña de lo que parecía paja amontonada, fría y húmeda. Aunque sólo podía ser una suposición, pues estaba rodeada de las más profundas tinieblas. Lo que fuera que notase le picaba, pero no sintió dolor. No fue una larga caída y tampoco un dañino aterrizaje. Sin embargo, otras cosas ocurrían en el interior de su ser. El frío mojado se le pegaba en la piel, a la vez que el miedo, como una mano nívea que la agarraba por dentro, la asediaba. Largos segundos pasaron, en los que ella aguantaba la respiración, por no moverse. Rendida, abrió la pequeña boca para tomar aire que su cuerpo echaba de menos. El pesado hedor de la naturaleza muerta se abrió paso a sus entrañas. Entró como si ella sorbiera la niebla ancestral, el cuerpo de los fantasmas antagonistas de sus cuentos de miedo... Su olfato quedó atrapado. Y en la oscuridad tampoco reinaba la calma. Leve, pero incesante, era el goteo que Kathe no oía, sino escuchaba. El agua, resonando en el lugar, cortaba toda quietud.

El colapso de sus sentidos hizo que la niña perdiera la noción del tiempo. Los segundos le tardaban en venir, y los minutos se deshacían con mucha lentitud. Quedó quieta por mucho tiempo, incapaz, pero por voluntad, a la vez que los pensamientos se arremolinaban en su cabeza. Si hubiera estado en otro lugar, su mente estaría con su padre, dejándola preocupada. Pero su mente estaba aprisionada, paralizando su cuerpo durante la silenciosa tortura. Se le antojaba a veces que estaba herida, pero no notaba el dolor, y que las gotas de agua que retumbaban no eran de agua, sino las de su propia sangre, abandonándola poco a poco. Caricias imaginarias recorrían su piel, y erizaban su escaso vello. Temblaba, y quería gritar, y quería llorar... pero ni eso se permitía hacer. Las horas que ya pasaban eran la prueba de que la soberbia imaginación puede ser una trampa.

No veía llegar el momento en que terminara su horror. ¿No había sido engullida por una planta-monstruo? Quería ser digerida de una vez, que pasara lo que tuviera que pasar, pero en el ahora. Por favor... Le habría rogado a la planta que la saboreara si fuera de su gusto, pero que acabara. Ella era buena, ella se portaba muy bien y haría lo que fuese para que su cazadora fuera feliz comiéndola.

Había movido los labios, diciendo esto en un susurro. La voz le había regresado, pero no hubo respuesta, ni movimiento, ni cualquier otra señal. Quiso hablar de nuevo... pero ya no podía. Paralizada como estaba, esperó, recordando que las plantas no tienen oídos. Ella sería buena y no se movería... Las imaginaciones regresaban, pues escuchaba algo parecido al retorcer de la madera vieja. El corazón se le subió a la cabeza, y podía sentir sus agitados latidos. Katherinne, con el ser despojado de voluntad, se hizo un ovillo. Ya no le importaba el olor agresivo, renegó de las sombras, ignoró el penetrante goteo y se había acostumbrado al picor y la humedad de la superficie en que se apoyaba. Sólo quería dejar de existir.


* * *

Tardó un largo tiempo en darse cuenta de que una vez más, se había movido. Y nada cambiaba. En realidad, la planta no se movería, sentenció. Entonces ella sí lo haría. Deseó en lo más profundo de su alma estirar el brazo, y lo consiguió. Volvía a ser dueña de sí misma.

Así, se arrastró sobre la montaña deforme. A menudo tenía que detenerse, porque sus piernas o sus brazos se hundían en una sustancia pegajosa, o su ropa, que se enganchaba en todo, la entorpecía. Continuó, sin dejar de ser atacada por la inquietud. Las lágrimas, reprimidas por mucho, salían, acompañadas por un triste gimoteo. Lloraba, sí, pero estaba luchando.

El mar mugriento parecía no tener fin. A oscuras no sabía cuánto había recorrido y le parecía mucho. Por enésima vez, su cuerpo la limitaba. Sus extremidades estaban muy agotadas y tuvo que detenerse. La pobre no sabía qué hacer ya.

Sintió entonces una bocanada de aire caliente, y para culminación de sus horrores, un crujido tan real como el dolor en sus manos arañadas. A continuación, oyó pasos. Unos pasos esforzados que se arrastraban. Y una ruidosa respiración. La oscuridad quedó rota cuando de una esquina no muy lejos de ella irrumpió un candil, agarrado por una mano gris. La luz de la llama amarillenta dejó el lugar a la vista. El corazón le dio un vuelco y toda ella quedó inamovible. Ya no estaba sola...


martes, 13 de noviembre de 2012

Delirios de un aprendiz de escritor II - Héroes que maduran

A medida que una persona persigue sus metas, va dándose cuenta de que ella misma va cambiando. Al contrario de lo que dicen los médicos, no dejamos de crecer. Que aparezcan las primeras ojeras es crecer. El pelo cayendo a causa del tiempo es síntoma de crecer. Las arrugas dan seriedad a la expresión facial. Todas las experiencias dan sentido a lo que somos hoy en día. Y claro... Uno no puede evitar mirar al pasado, y comparar lo que había antes frente a lo que hay en el espejo ahora. Aquellos que practican el arte de escribir a lo largo de su vida lo saben muy bien.

Los héroes, ay de los héroes que viven en nuestros corazones. Al principio, nuestros héroes eran personajes puros, ideales, que no pestañeaban en actuar cuando el mal venía. Éramos felices viendo cómo ellos se enfrentaban de una forma romántica a todos los contratiempos, y el bien siempre ganaba. No teníamos dudas que hoy en día nos parecen obvias, tenemos que cuestionar todo, que buscar la lógica de las cosas. Los razonamientos de la mente madura hacen que hoy ya muchos no podamos tragarnos una película de ésas tan épicas. ¿Cómo son nuestros héroes de ahora? Aquellos bañados de realidad. Hoy, un héroe no puede llamarse héroe sin tener un pasado oscuro, algo que le haya influenciado para salir de la gran marabunta gris que también podemos llamar gente normal. Y además el héroe no tiene por qué ser tan bueno. Siempre hay fallos de raciocinio y de proceso, hasta los más bienintencionados se pierden a menudo. Llegados aquí, por cierto... ¿hay un mal? ¿hay un bien? No. Hay una masa borrosa llena de culpas y crímenes, pero también llena de matices y prejucios. Difícil lo tendrían nuestros héroes del pasado para enfrentarse al mal sin que se les tirara encima la mitad de la gente que está en el bando del bien, verbigracia aquellos amigos de lo políticamente correcto. Muchos dicen no, ya no es tiempo de héroes, porque no son lógicos.

Hay escritores que optan por los antihéroes para protagonizar sus historias. Aquellos llenos de duda, decepción, torturados y deformados por la vida harto conocida por todos. A lo mejor no son buenos. Quizá son incluso malos... pero no es culpa suya. Es culpa del entorno. Son monstruos creados por la sociedad que crea el escritor. Una sociedad que en la mayoría de casos se puede equiparar a la nuestra. Los antihéroes no son amables, ni adorables y muchas veces merecen nuestro odio. Y para no exagerar con idealismo, tampoco hacen grandes proezas. Quizás mueren deshonestamente y son detestados por el mundo, pero ya en el futuro (algunos) los amarán por las locuras que han hecho. Los héroes agridulces que podríamos ser nosotros mismos, dado el caso.

Hay quienes deciden no imitar un mundo real y quedarse en la jugosa fantasía de la infancia. Pero, los héroes del pasado tampoco les llenan. Tienen que ser encantadores y románticos, protagonistas de historias conmovedoras en mundos exóticos, pero con un paso un poco más allá. Porque en este caso el escritor también quiere hacer algo más que transmitir emociones y darnos ese agradable calor de estar leyendo un libro emocionante. Quiere que al cerrar las tapas nos quedemos pensando y relacionar eventos virtuales con eventos que quizá son parecidos... en nuestro día a día. Los héroes ya no son tan inocentes ni tan planos como acostumbrábamos. Los escritores nos aburren posiblemente con nuevos pasajes, relacionados con las vidas pasadas de los personajes y sus ambientes, que quizá interfieren con la dulcísima épica, pero que son necesarios para que los entendamos mejor. Para ver por qué hacen lo que hacen. Y sus enemigos también nos son desvelados con lujo de detalles, para que podamos ver que incluso detrás del villano late un corazón. Estas historias son las que nos emocionan hoy en día tanto como lo hicieron los viejos e inocentes héroes que ya se nos antojan muy planos. Y entonces, algunos que leemos nos planteamos: ¿Y si el mundo donde las flores son negras y el cielo rojo fuera el de nuestros días? ¿Y si el héroe indeciso pero plagado de virtud fuera la madre pobre que nos encontramos todos los días en la puerta del supermercado? ¿Y si el príncipe maligno que castiga a sus súbditos fuera...? Los creadores de los héroes maduros se inspiran en algo, amigos.

Con esto sólo quiero invitaros humildemente a pensar un poco más en lo que leemos. A atrevernos a buscarle tres pies al gato e imaginar por qué los escritores que nos inundan con fantasía nos muestran las historias que nos muestran. Opino que todo aquél que quiere entretener, conmover, también quiere, aunque seguramente de forma implícita, enseñarnos algo. Siempre. Hay que ir con cuidado y tener un poco de picardía.

Un saludo a todos,

Salvador Bas

martes, 18 de septiembre de 2012

Delirios de un aprendiz de escritor - Post-vacacional y cosas de móviles

Toc, toc. Probando. Vale, parece que esto funciona.
Hola. Soy Salva. Creo que esta es la primera vez que escribo por blogger siendo yo (es decir, ya me entendéis, sin hacerlo a través de una voz narrativa), y se me hace un poco raro. Pero me gustaría comunicaros algo a vosotros, que me leéis.

En primera instancia quiero agradecer vuestra fidelidad y vuestros comentarios, tanto dentro como fuera del blog. Es gratificante obtener feedback en el asunto este, ya que a veces parece que uno está solo en este pequeño mundo literario que tenemos montado.

Por cierto, sé que este verano he estado muy ausente, y hoy ya puedo decir que he vuelto con la batería al cien por cien. Por ahora me tomaré la libertad de aflojar un poco mi estilo en entradas como esta, menos emocionantes. No os preocupéis, ya estoy trabajando en lo típico que se acostumbra a ver en este sitio. Ah, y el otro día Katherinne me envió una carta donde me verifica que está sana y salva, así que pronto volveremos a saber de sus aventuras.

Pasemos al segundo punto del día. Las nuevas tecnologías avanzan como una locomotora (vaya, qué paradoja) y no quiero quedarme indiferente durante demasiado tiempo... así que he decidido habilitar la versión del blog para teléfonos listos (sí, esto es una traducción literal del inglés smartphone). Ya casi todo el mundo tiene uno, así que era cuestión de tiempo que el sistema literario engullera parte de su potencial. Mis queridos lectores y lectoras podrán leerme en los ratos de espera en soledad, y yo podré experimentar esta forma de escribir tan 2.0. La inspiración viene de forma insospechada, y llevar esto encima me ayudará a derrocharla y refinarla. Además, es agradecido poder cambiar de aires mientras uno escribe. Los pintores van al aire libre a pintar paisajes. Los escritores sacan fuerza de lo que les rodea antes y en el momento creativo de una forma similar. Entonces esto suena muy bien para mí, aunque sigue siéndome muy raro unirme a algo que me atrevo a llamar "literatura móvil". Me recuerda a la novela de folletín del siglo XIX, uno de esos géneros buenos pero a menudo menospreciados. Como sea, aún es pronto para que me decida a ser partidario o detractor de escribir con el móvil. La primera impresión es de utilidad, una utilidad algo incómoda.

En fin, no me extenderé más. Un día de estos volveré a hablar en primera persona para retomar el tema de la inspiración literaria. Os mando un cariñoso saludo.

Salvador.

lunes, 23 de julio de 2012

El castillo blanco 3 - El jardín de las flores lunáticas


Ahora Katherinne y Kountley se encontraban ante un enorme jardín que ocupaba todo el patio del castillo. Había muros y estatuas de arbustos, de colores usuales como el verde, o tan raros como el rosa brillante. Ante ellos, había orquídeas, rosas, camelias, margaritas, cactus… Y otras flores que Kathe no logró reconocer. Árboles muy altos, o bajos, rectos y curvos, con las ramas en espiral, picudas, alargadas, rechonchas, viejas y jóvenes…  Hasta donde se extendía la vista. Un extraño espectáculo para la vista, iluminado por la enorme luna. Justo a dos pasos de ellos encontraron un cartel, que rezaba: Jardín de las flores lunáticas. No molestar al señor de éstas.

A lo lejos, se podía oír un canto de timbre muy dulce, pero con una melodía un tanto estridente y repetitiva. Algún pajarillo se estaba esforzando en cantar algo alocado, o demasiado moderno. A Kathe le gustaba mucho lo que veía, pero no separó la mano de su padre. Caminaron, y a ella le pareció que pasaran horas. Las plantas cada vez eran más extrañas: retorcidas, demasiado alargadas hasta el punto de perder el equilibrio, con ojos… Puaj.

Entonces se encontraron con una bolita de pelo blanco en medio del camino empedrado. Se acercaron con cautela, pero ésta se movió para volver a su forma original. Era un gatito blanco precioso, muy muy pequeño y de ojos azules como zafiros. Cuando Kathe se acercó a tocarlo, el gatito se estremeció, le clavó la mirada y le lanzó un chirrido tan ruidoso como molesto. Resonó por todo el jardín, y algunas aves escondidas en los árboles emprendieron el vuelo. Katherinne cayó al suelo del susto mientras el gato huía  sendero arriba.

Esto no puede ser  bueno murmuró Kountley, después de ayudar  a su hija a levantarse.

Justo cuando ya estaban en pie, el ruido de unos pasos metálicos rompió la calma relativa de después del  susto. Algo estaba viniendo. Kathe se pegó más a su papá. Y llegaron. Eran unas criaturas alargadas, de madera recubierta con metal, como marionetas pero sin los hilos, un poco más bajitas que Katherinne. No dejaban de moverse de un lado hacia otro, porque quietos no podían mantenerse de pie. Esto provocaba que emitieran sonidos de madera rozando y hierro haciendo cric cric. Kountley dio un paso al frente para ponerse entre los muñecos y su hija. Ella no sabía qué hacer.

¡Kathe, hija, escapa! le ordenó, mientras sacaba su espada.
¿Pero y tú, papá? 

Él rió mucho, alejando a los monstruos con su arma según se aproximaban, chirriando. Le dijo que no se preocupara, y que corriera tanto como pudiera. La pelea iba a comenzar. Ella corrió, corrió tanto como sus pequeñas piernas le permitían, hasta que vio acabar el sendero en un gran muro de ramas y hojas. Oyó ruidos y miró atrás. Dos de esos muñecos malvados la estaban persiguiendo. Gritó y siguió corriendo, saltó, y atravesó el muro de arbusto. Su vestido se rasgó un poco después de aquello, pero no le importaba. Continuó, porque sabía que los muñecos la seguirían. Y vio nuevamente su camino obstaculizado. Había un riachuelo, cuya agua tenía un color azul antinatural. Tan extraño. Pero no quería que la atraparan. Al llegar al lecho, intentó saltar, pero tropezó con la piedra que le iba a servir de apoyo, y se mojó toda. Quería llorar, pero en vez de eso se levantó, porque pensó en su papá. Él no querría que su hija fuera una cobarde que se rinde a la primera. Así que escapó, mientras unas plantas con ojos la miraban y los monstruos se detenían a los pies del riachuelo.
Al fin, se detuvo. Estaba agotada, magullada, mojada y con arañazos en el vestido. Observó un poco para saber dónde estaba, mientras recuperaba el aliento. Entonces sus ojos encontraron a un enorme ruiseñor con un sombrero de copa, que también la miraba.

¡Piojo! ¡De la sartén a las brasas! dijo melodiosamente el ruiseñor.
¿Quién eres? preguntó Kathe, con algo de miedo y avergonzada.
Yo soy el amo de este jardín, y me llaman Ruin Señor. ¿Qué haces en mi jardín, piojo?
¡Yo no soy un piojo! Me llamo Katherinne.
¡Piojo! ¡Piojo! ¡Piojo! canturreóNo has respondido a mi pregunta.
¡Vengo a decirle a la bruja que saque a mi madre de la prisión! exclamó Kathe, indignada.
¿La bruja? Hace muuuuuucho que no se pasa por aquí. He de pensar qué hacer contigo…
¿Conmigo? Qué…

Pero era un poco tarde para quejarse. Unas ramas alargadas de enredadera se entrelazaron en sus piernas y brazos, y la mantuvieron apresada en el aire. Ella gritaba, mientras Ruín Señor la miraba y se reía melodiosamente.

¡Ah! ¡Diles que me suelten, por favor! dijo Kathe, mientras se le acercaban dos flores violáceas con fauces y mucha hambre.
¡Piojo! Eres un piojo maleducado. Creo que te tiraré al agujero. ¡Al agujero!

Kathe seguía gritando, mientras las enredaderas se retorcieron como una catapulta. Segundos después, fue lanzada por los aires. “Aaaaaaaaaaah”. Eso fue todo lo que dijo. Luego empezó a caer… Veía otra planta, muy alargada, terminada en flor. Y dientes. Ñam. Ella no quería ser comida de planta. En clase le habían dicho que algunas plantas comían insectos. Pero ella no era un insecto. No era un piojo. 

¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaah!

Y la planta se la tragó. Seguro que estaba rica. Bueno, no menos que un pastel, pensó.

lunes, 4 de junio de 2012

El castillo blanco 2 - Una discusión pintoresca

 *Tengo que pedir disculpas por mi tardanza en traer la segunda entrega de esta historia. Aquí sigue, espero que la sigáis degustando con alegría. ¿Nunca os ha pasado que estáis en un sueño muy extraño y no sabéis si estáis en una pesadilla o en un mundo de alegre fantasía?*




Padre e hija no tardaron en atravesar por entero la azul pradera. Ante ellos tenían un valle de suave pendiente que terminaba en un riachuelo juguetón de aguas centelleantes al compás del cielo caleidoscópico. Atravesándolo en forma de arco poco regular, seguía el sendero, convertido en puente de piedra oscura, que podría venir de algún volcán. Sorprendente quizá, pero Katherinne estaba distraída, absorta por la calidez de las manos de aquél príncipe encantador que la acompañaba.

Atravesaron el puente, y siguieron hacia el castillo, que crecía a cada pasito. Andando tranquilamente avistaron a dos bultos al lado del portón, que visto ahora captaba a los ojos por su color rojo cristalino, decorado por hilos de metal plateado que lo entrañaban. Katherinne se distrajo contemplándola, hasta que vio que debía preocuparse más por esos dos bultos extraños, color gris oscuro, que empezaban a moverse. Uno de ellos, el más larguirucho, tenía un aspecto muy rígido, como si fuera una persona dibujada con reglas y escuadras. Su cabeza no era menos curiosa, tenía la forma exacta de una cafetera. En la mano llevaba un objeto alargado y polvoriento como ellos, pinchudo. El segundo bulto era más redondeado. Tenía más forma de bulto. Era un cerdo gordito con traje de militar romántico, ojos respingones y cara de chiste. Un chiste muy malo, por cierto. Parecía que no quisieran separarse del portón.

Cuando el príncipe y la pequeña Kathe estuvieron a unos pasos de ellos, la cafetera andante alzó su brazo, emitiendo un sonido de metal chirriante. Con un gesto rápido pero patoso, el cerdo cogió el objeto alargado que restaba en las manos del otro. Ambos forcejearon.

—¿Qué haces, Barry? —dijo la cafetera, articulando las palabras abriendo y cerrando la tapa. Tenía voz de tuberías y castañuelas.
—¡Hay gente, Potty! Me dijo vuestra merced que me dejaría llevar la lanza un rato cuando aparecieran intrusos —se quejó el cerdo, que tenía voz de estofado.
—¡Cerdo bobalicón, eso te lo acabas de inventar! —le respondió, forcejeando. El cerdo le ganaba la batalla porque estaba más ancho.
—¡Eso no es verdad! —soltó finalmente el señor cerdo, tomando la lanza triunfante— Ajá. Mi preciosa lanza. No le va a molestar que la lleve yo un rato.
—Perdonad, caballeros —interrumpió Kountley, que estaba bien sorprendido— ¿A qué se debe esta discusión?
—¿Habéis llamado caballero a ese cerdo engreído? —le preguntó la lata.
—No sea vuestra merced ruda, que con esta afrenta apenas nos hemos presentado —dijo humildemente el cerdo, todo pomposo con su lanza. Se aclaró la voz, y prosiguió—. Yo me llamo Barry, y soy la gárgola cerdo, guardián del Portón del castillo. Éste mochales que tenéis a mi lado, es Potty. No es mala chatarra, pero entre nosotros, tiene muy en la cabeza que es un caballero, cuando sólo es una cafetera.
—Eso no es verdad, Barry. Soy un caballero nombrado por la bruja, y esa lanza es mi arma fiel.
—No tan cierto vuestra merced, pues la bruja nos dio ese arma para los dos, para que así pudiéramos custodiar la entrada del castillo.
—¡Pero si sólo es un palillo grande! -sentenció Katherinne. No le faltaba razón, su preciada lanza no era más que un gran artefacto para sacar los alimentos que se enganchan entre los dientes. Las dos gárgolas se quedaron perplejas. Potty la señaló.
—Oh, menuda desfachatez ha dicho. ¿La has oído, Barry? Es extremadamente divertido -cada vez que terminaba una frase, la tapa chocaba con la parte de abajo de la cafetera, haciendo sonidos de cacerolas, cucharas y platos- ¡Identifíquense, extraños!
—Hola Barry, Potty —dijo Katherinne mientras hacía una dulce reverencia—. Me llamo Katherinne, y soy una niña humana. Él es mi papá, se llama Kountley y es un príncipe, así que tenéis que respetarlo. Queremos entrar.

Su padre se sonrió y la imitó con una reverencia majestuosa.

—¡Oh, un príncipe y una bella infanta tenemos delante! —señaló Potty, reverenciándose. Hizo entonces que Barry también lo hiciera, con un empujón.
—¡Ay! —exclamó Barry— Pues gustoso estoy de saludar a vuestras mercedes. Pero no podéis entrar aquí, porque sólo podrán hacerlo aquellos que tienen el corazón puro.
—Sí —continuó la cafetera—. Y hace siete siglos que no viene por aquí nadie con el corazón puro.

Kountley miró a Katherinne. Sus ojos plateados la mareaban un poco. Ella vaciló momentáneamente, pero se encaminó a pasitos rápidos hacia la puerta. Potty entonces intentó quitarle la lanza a Barry para detener a Kathe, pero quedaron los dos forcejeando con el objeto en medio. Katherinne simplemente pasó por debajo de la lanza. Como era bajita, no tuvo problema. Puso una de sus tiernas manos sobre la puerta de rubíes. Se movió, y no poco, pues en dos segundos quedó abierta de par en par. Los dos guardianes se sorprendieron de la heroicidad de Kathe, y se pusieron a un lado, cediendo el paso a la pareja.

—¡Una niña con el corazón puro! —exclamaron ambas gárgolas a la vez, y se quedaron rígidas, mirando al frente. La lanza estaba en manos de Potty, por cierto. Katherinne se despidió amablemente de los dos simpáticos guardianes. Así, se adentraron en el castillo.

—¿Ves, hija mía? Eres una pequeña heroína —susurró Kountley, orgulloso.

miércoles, 16 de mayo de 2012

El drac que ens roba els somnis


*A veces me inspiro, y la inspiración no conoce idiomas. Ciudades mágicas que nos llenan de sensaciones... Bon apetit*

A ella li van explicar que valia la pena anar a veure com es festejava la diada de Sant Jordi al cor de Barcelona. “Que hi ha pocs dies d’homenatge a la lectura i la cultura”, deien els seus companys de classe. Com sigui, estava farta de que la seva mare la escridassés contínuament -­­a causa de les maternals paranoies-, ja n’hi havia prou, quina setmaneta! Es digué a si mateixa que aniria a la Rambla i es compraria un llibre.

No va tardar gaire en banyar-se en l’atmosfera atractiva d’aquell carrer tan ample i ple de botiguetes. Tot i la cridanera multitud, va quedar hipnotitzada per la màgia de les façanes acolorides que demanaven atenció quasi sensualment. Així, i d’una forma inconscient, s’endinsà al laberint clarobscur del barri gòtic. Va deixar de banda els guies turístics atraient ramats d’ovelles entre gemec i gemec. Estava abstreta, abraçada per tota la història, pensant en com devia ser la vida fa anys i panys en els estrets carrerons.

Mentre li volava pel cap tota la distracció metafísica, no es va adonar de que se li va soltar la cordeta que subjectava la seva sabata. Va quedar al terra, però ella seguia caminant. Bé que va tardar en reaccionar.
Buscant-la es va perdre pels carrerons. Ja ni tan sols sabia on era! Va decidir llavors tornar a casa. Per què aquella zona no li sonava de res? Semblava que mai acabaria de conèixer el barri antic al complet. Finalment va trobar una parada de metro.

No, definitivament no era el seu dia. A la parada només hi havia una línia, amb només una altra parada. La cova del drac. Li semblà estrany, però va decidir entrar, ja que després de tot, segur que li duria fora del remolí de carrerons.

Coixejant com anava, va sortir. Era tot fosc, extremadament fosc. Realment, era una cova, tota plena d’objectes diversos: una roda, una camiseta, un rellotge, caramels, un portàtil, una sabata... La seva sabata! Què? Entre les tenebres va sorgir una bestia, el drac, amb la seva enormitat de boca, de coll, d’urpes, de tot. Escamat i de color ferro rovellat, treia fum per totes les extremitats. Una criatura de ferralla ardent.

Ella va retrocedir, instintiva, però no va fugir –igualment el tren ja havia marxat- així que l’encarà com si fos dama de guerra. Havia de recuperar la seva apreciadíssima sabata, base del seu caminar.

Gairebé ni va tenir temps de pensar altra cosa, el drac li va escopir una flamerada incessant, i ella va veure dins el foc moltes, moltes lletres, a més de les imatges en blanc i negre de la seva mare horrible cridant, i el senyor del barret i la bossa de pasta amb els discursos. Se la estaven menjant... paraula rere paraula.

Llavors es va protegir amb els braços i amb tot el cos adolorit pel foc de les paraules, va cridar “No!” com ningú ho havia fet abans. Aquella senzilla paraula, tan potent com els raigs del sol, va trinxar el cor del drac com si fos la espasa del més embravit dels cavallers. La gran muntanya d'objectes, fetitxes de molta altra gent, símbols de la seva llibertat atrapada, es va enlairar i es va arremolinar, fent la forma d'una gran rosa. Desaparegueren, just per tornar amb els seus amos. Les veus dels monstres de tots van fer silenci, per un moment.

Sí, aquell moment, aquella epifania la va diferenciar de tota la resta de mortals que vivien a Barcelona.